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Viaje al fin del mundo:
de El
Cajas a Sígsig.
Debo admitir
que no soy muy bueno para los viajes en bus, pues cuando éstos
son de más de tres horas empiezo a marearme. Sin embargo,
una de las maravillosas particularidades que tiene nuestro país
es que, a pocas horas uno de otro, es posible pasar del calor de
la costa al frío de la sierra, o de los relajantes
valles a la fabulosa vegetación amazónica,
pasando por cascadas impresionantes, escalando, o
simplemente disfrutando de un atardecer en la playa. Tanta
es la variedad de paisajes, de arte, de gente, de sensaciones...
Así pues, atendiendo una invitación, hace ya un tiempo,
me animé a hacer un corto paseo de fin de semana. Me levanté
muy temprano. El terminal terrestre de Guayaquil, parecía
bostezar conmigo aquella mañana, el lento caminar de quienes
lo visitaban a ésa hora daba cuenta de aquello. No fue difícil
conseguir un boleto. A los pocos minutos, estaba en camino. Las
paradas constantes y los vendedores hacían pensar que llegar
tomaría más de lo esperado. A mitad de camino, lo
extraordinario: Ver el punto exacto donde la costa se une con la
sierra, donde terminan las plantaciones de banano, cacao,
café y arroz, y empieza la montaña,
el páramo, la neblina. Pocas horas después,
a lo lejos empiezan a dibujarse - trazadas por Dios - las siluetas
de las lagunas de El Cajas. Aquel milagro recibe a
quienes pasan a su lado con un suave murmullo, y quizás una
muy ligera pero agradable - aunque tal vez algo fría - llovizna.
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Recorrerlas
es una invitación a la reflexión, a la interiorización.
Más adelante, Dos Chorreras. Tiempo atrás había
ido por primera vez a aquel lugar, y quedé fascinado, por lo que
estaba deseoso de volver. Rodeada de lagunas, caballos,
en un ambiente cálido y muy acogedor, el lugar es ideal para quien
busca alejarse del ruido y sentir la naturaleza, y disfrutar de un esmerado
servicio y de excelente comida. Caminé por horas por los alrededores,
deleitándome con el iluminado paisaje de mediodía mientras
descansaba tendido en el césped cerca de un tranquilo pollino;
más tarde me animé a probar suerte pescando en una de las
lagunas; no lo había hecho antes, mas al ver que bastante gente
salía con truchas recién pescadas pensé que
debía intentarlo. El frío se hizo más intenso mientras
avanzaba la tarde. Apenas podía sujetar la caña entre mis
manos, a pesar que éstas estaban convenientemente cubiertas con
guantes de lana. Una niña de unos 6 años lanzó su
anzuelo a pocos metros, y pescó dos, una tras otra. Desilusionado,
me consolé adquiriendo unas, más pequeñas, en una
despensa cercana, cruzando la carretera...
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Después
de un canelazo hirviendo, volví a salir y, pulgar
en alto, empecé a avanzar por la carretera, esperando que
alguien me llevara a Cuenca, mi siguiente parada... San Pedro
hacía de las suyas, "abriendo y cerrando la llave";
el frío, arreciaba... Al poco rato una camioneta se detuvo;
el propietario aceptó llevarnos, con la condición
que primero le acompañara a su finca, pues iba a ver cómo
estaban sus vacas... ¿Cómo negarse?. Me entretuve
un rato con las vaquitas mientras éstas pastaban.
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Al
llegar a Cuenca ya estaba oscureciendo; empecé a dudar que
alcanzara el bus a Sígsig, pero me equivoqué... porque
alcancé el último que iba al llamado "Fin del Mundo".
Poco más de una hora después llegamos; ya era de noche...
cenamos la trucha que "pesqué" ésa tarde.
A la mañana siguiente, luego de desayunar, salí a recorrer
aquel pintoresco pueblo, y apreciar sus coloridas casas, su gente trabajadora
y amable. Visité un centro de artesanías, donde cada
día mujeres de todas las edades llevan su trabajo, hecho con el
esfuerzo y arte de sus prolíficas manos.
Las constantes y pronunciadas subidas y bajadas del pueblo se acoplaban
al montañoso terreno. Al descender la colina, encontré una
playa - sí, una playa en medio de las montañas! -,
con un modesto malecón, rodeado de césped y arena,
donde el rápido cauce del río tentaba a cruzarlo saltando
las rocas. Me recosté mientras disfrutaba del cálido sol,
de la brisa, del silencio...
Alguien me dijo una
vez que a Sígsig le decían el "Fin del Mundo"
porque antes la vía para llegar ahí estaba en muy malas
condiciones, y parecía que tomaba una eternidad llegar; cuando
la visité, no era así, y quedé gratamente impresionado
y agradecido con la cordialidad, el colorido y tranquilidad que experimenté.
Como sólo era un paseo de fin de semana, tocaba volver; como suele
ocurrir en esos casos, el retorno me pareció más rápido...
mas en el trayecto iba repasando en mi mente los paisajes, esos milagros
que el Creador nos ha prodigado al bendecirnos con ésta tierra
tan hermosa y diversa, y que siempre sorprende, a propios y extraños...

Volcán
Guagua Pichincha: escalada deportiva libre en las paredes
de roca.
"Entre pétalos
e historia": Hacienda La Compañía, simplemente
única.
Hotel
Torino: Resort de buceo, adrenalina
y aventura en Tonsupa, Esmeraldas.
"Ecuador, tierra
de volcanes": cabalgata en los alrededores del Rumiñahui.
Reserva
Bellavista: un paraíso de orquídeas,
colibríes y naturaleza.
Camino a los Lagos:
visitando San Pablo del Lago.
Viaje al
fin del mundo: de El Cajas a Sígsig.
En el Cotopaxi, casi sin aliento:
una experiencia inolvidable en éste imponente volcán nevado.
Bosque Nublado de Mindo: una de
las más grandes reservas de aves de Ecuador.
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