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En el Cotopaxi, casi sin aliento:
una experiencia
inolvidable en éste imponente volcán nevado.
Amanecía.
Apenas pude dormir la noche anterior. Había esperado con
ansias ese día. Afuera, el gallo empezaba a anunciar el alba.
El suave y provocativo aroma del café, recién pasado,
llamaba a un fugaz desayuno, que no tomé, no estaba en mis
planes ese momento. Quería salir.
Subí al auto, y enfilé hacia mi destino. La ligera
y fría neblina de la mañana se iba difuminando en
la medida que el sol despertaba...
Poco más de una hora después, la primera y única
parada. El lugar era tal como me lo habían descrito, unos
meses antes, en una amena sobremesa. Rústico, al pie de una
laguna, con unas pocas vacas pastando en los alrededores. Gente
por doquier, amigables meseras que iban y venían con los
pedidos. Más que un desayuno andinista, parecía un
almuerzo y cena a la vez...
Decidirse resultaba difícil, mas pude consultar la voluminosa
carta una y otra vez hasta que desocuparan una mesa...
El día
avanzaba, y no quería perder más tiempo. Una hora
- y un poco más - de camino, hasta pasar el control de ingreso,
y luego casi cuarenta y cinco minutos más, y ahí estaba.
Se veía imponente, precioso. Estaba granizando, el corazón
me latía insistentemente, y empezó a faltarme el aire.
Inicié el ascenso, siguiendo las huellas de cientos de miles
de personas que, antes de mí, habían acudido al mismo
lugar a rendirle tributo a la Naturaleza...
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